martes, 23 de febrero de 2010
lunes, 22 de febrero de 2010
Odio que suene el teléfono. Tanto como cuando no deseo ser recibido. Tal es mi preocupación cuando suena. Siempre es mal presagio. Cualquiera podría recomendar desconectarlo o cancelar la línea. No obstante, nunca he podido dejar de pagarlo. Creo que mi terror ha nacido a partir de una serie de llamadas extrañas. De ninguna manera las atribuyo al azar. Siempre sé distinguir el sonido alterado de su particularidad. Aún siendo que las identifico, tengo que atenderlas. A ninguna le he regalo una pizca de mi voz. Sólo escucho aquella inalterable respiración que aguza detrás de mis ojos y que espera le alabe. Puede que sea sólo un síntoma de mi enclaustramiento. Podría suceder que ni siquiera existan llamadas, teléfono y malos presagios. Aún así, he pedido a la compañía me ayude a localizar el número y la identidad de quién supongo me molesta. No pienso visitarle, sino estar en condición de molestarlo de la misma manera. Me supongo, al pensar en tener la oportunidad de contactarlo, que la compañía comenzó con esa interminable red de llamadas ciegas y mudas y que todo ello no es más que una campaña desesperada antes de su bancarrota.
domingo, 14 de febrero de 2010
¿por qué, después de todo, te llamo, si no sé nada de ti, más que tu ambigua vacilación entre la nada y la existencia?
Giorgio Manganelli
Mi reloj marca una hora distinta de la que da aquel en el comedor. Sin preocuparme, acepto la distante realidad. De toda forma no me apetece concretar nada. Tal vez sea una imprudencia, tal como viene siendo pensarte sin siquiera haberte visto. Ya existencia, ya soltura de las letras, parece más un juego infecto que una motivación propicia. Michon dice que el mundo no precisa prosa. Tal vez la irrealidad sí. Como en aquellas disímiles andanzas de Artaud concentrando su genio en la irreversible contienda no-lengual. Es por ello que me atrevo a tratar de exteriorizarte, saber que puede estar sucediendo en mi sin tenerte. No musa, no pequeña revoltosa. Algo más terrenal, algo cercano y ni tan misterioso. No sé, pero totalmente descreo de mi.
lunes, 8 de febrero de 2010
domingo, 7 de febrero de 2010
Cuando leí Eleutheria de Beckett aún me sorprendía la facultad para decidir la inmovilidad ante todo. Aún me sorprendía que pudiese ser una manifestación en contra de la enajenación desde la misma raíz. La última voluntad de Victor Krap es resistirse a salir de su cuarto. No absurdo, no existencialismo, sino una declaración de incompetencia. No existencialismo, bastante si de mediocridad. Tanta y tan opresora que acabé tullido junto a Krap, alucinando igualmente. Igualmente incompetente. Con la imposibilidad siquiera para declarar lo que me preocupaba. Cayendo en un vórtice indecible. Fue casi una experiencia ascética, me digo con toda intención de engañarme.
sábado, 6 de febrero de 2010
Al estrado no llegaba más que la nata caliente de la respiración de los asistentes. P. estaba fuera de sí. Con la mirada puesta en el candelabro y la noche en el pensamiento, proyectaba una especie de consagrada magnanimidad entre quienes alcanzaban a verle de un poco más cerca. H. llevó la edición enorme de El viaje con la esperanza de conseguir un garabato en su primer hoja. Sabía que sería imposible decirle a esa soberana y extranjera presencia que le legase algún símbolo legible. Ninguno de los asistentes estaba capacitado para comunicarse con P. P. nos había dejado hacía relativamente poco, pero sabíamos que jamás sería posible hacerlo volver. Se ha ido de viaje, pensó amablemente H., pero, ¿a dónde? ¿Por qué no dejó dicho a dónde? Nadie se molestó en acercar o dar permiso de acercarse a ese pequeñuelo de H. Se fue sin siquiera estar cerca del aura magnánima del extranjero -que reía.
viernes, 5 de febrero de 2010
miércoles, 3 de febrero de 2010
Ayer, con motivo de rellenar un poco el vacío de mi tarde, quise encontrar aquel pasaje de pesadilla en Los enanos de Pinter. Leer de nuevo, cómo se supone se escucha el crepitar de la carne del rostro de la mujer que va cayendo a trozos hasta las lineas conductoras del metro. Eso fue en la tarde. En la noche tuve mi propio crepitar en el sueño: Un sol asfixiante, una obra negra y cuatro sujetos que me preguntaban qué demonios hacía ahí, mientras te contestaba una llamada en un teléfono que ni siquiera era mio, que ni siquiera era teléfono. Con espinas de pescado en la base la columna vertebral. (Vaya que Quignard tiene razón al señalar cuán corruptora de sentidos puede ser la lectura.)
martes, 2 de febrero de 2010
De por si no tengo maneras para relacionarme. De por sí suelo considerarme un hablador, un sustituto. Un muy inconcluso ejemplo de la realización. No puedo imaginar siquiera que alguien se interese en mí. ¿Por qué habrá de ser? Tal vez por que uso frases mentirosas con las que espero se me juzgue. Como en este mismo momento, recurro a mi lectura de la tarde de El hablador de Louis René Des Forêst. Ahora entiendo un poco de la carcajada somera que le sueltan en la cara a su personaje cuando tiene su segunda crisis de incontinencia, de perorata. No creo en mi. No tengo que precisarme más templanza. Soy un fiasco.
La literatura es una mentira. Yo soy una mentira. Una mentira que tiene conciencia de ser. Que inflama y corrompe. Una mentira que deja mal parado, enseñando las cartas. Ya de por sí una derrota.
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